La campaña electoral de 2010 será distinta a todas las anteriores y los altos niveles de polarización anticipan un debate pugnaz y personalizado como nunca se ha visto. Basta revisar las últimas salidas de los candidatos para prever lo que se viene. Incluso políticos como Carlos Gaviria y Rafael Pardo, de temperamentos tranquilos y de corte académico, entraron en la tónica de 'todos contra todos'.

En la izquierda, Gaviria anunció que no acompañará a Gustavo Petro como candidato del Polo porque este lo agravió en la campaña para la consulta interna. En el uribismo, Andrés Felipe Arias, Noemí Sanín y Juan Manuel Santos se enfrentaron por la revelación de una conversación privada con el Presidente en la que ella le habría dicho que compró el referendo: Sanín calificó a sus contertulios de 'sapos'. En el liberalismo, Pardo respondió a la afirmación de Santos de que "es mal candidato",  con el siguiente mandoble: "A Santos le encanta estar en los medios para anunciar positivos y se esconde en los falsos positivos".

La estrategia según la cual la mejor defensa es el ataque no es nueva en política pero en Colombia se había demorado en hacer parte de las campañas, como sucede en otros países donde son más dados a señalar las falencias del adversario. Uno de los pocos antecedentes fue el de Álvaro Gómez contra Virgilio barco, en 1986: una semana antes de las elecciones, la campaña azul levantó polvareda con un especial televisado sobre las concesiones petroleras que el Estado le había dado a la familia Barco. El amplio triunfo liberal hizo pensar que la jugada de última hora de los conservadores operó como un bumerán y que la cultura política colombiana, incluida por la valoración del consenso y de los acuerdos durante el Frente Nacional, era poco receptiva a ese tipo de estrategias.

Pero la situación ha cambiado. "En Colombia empieza a hacer carrera el modelo estadounidense que consiste en intentar desprestigiar al otro con pequeños chismes", dice Álvaro Forero, columnista de El Espectador, quien agrega que confrontaciones como las que se han visto en los últimos días obedecen a que el referendo tiene congelado el panorama electoral. "Los candidatos no tienen temas de campaña y eso hace que, por ejemplo, en el caso del uribismo, intenten ganarse el guiño del Presidente mostrándose como más uribistas que los otros por si acaso no hay reelección", asegura.

El asesor de imagen Germán Medina está de acuerdo: "La campaña que se viene va a subir de tono con una publicidad negativa intensa". A lo anterior contribuyen el estilo agresivo ¿que gusta por frentero¿ del presidente Uribe hacia sus rivales, y el hecho inédito de que la de 2010 será una campaña sin reglas de juego claras ni definidas.

La pregunta es si este nuevo tono, desconocido hasta ahora, es conveniente. "No me parece malo porque la política en Colombia se hace en forma hipócrita ¿afirma el ex vicepresidente Humberto de la Calle¿. Aquí practicamos la falsa cortesía, pero es preferible la franqueza porque ayuda a la gente a orientarse".  Forero, sin embargo, considera que sacarse los trapos al sol no es conveniente: "La pugnacidad es mala porque en el fondo la gente se queda con los titulares de prensa de las peleas y sin saber cuál tiene las mejores propuestas".

En Estados Unidos hay varios ejemplos de campañas en las que una publicidad negativa ¿o comparativa, como también la llaman¿ resultó decisiva. Esta línea no solo tiene defensa desde el punto de vista de su valor estratégico ¿incrementar la imagen negativa del contrario¿ sino porque les permite a los votantes conocer información sobre los candidatos que de otra forma nunca obtendrían. De otro lado, la pugnacidad afecta la paz política y existen opiniones divergentes sobre sus efectos en términos de participación electoral.  En algunos casos, los insultos han desalentado a los ciudadanos, que optan por la abstención. En otros han generado mayor interés en la contienda.

En medio de la polarización política, y con la experiencia que dejó la confrontación partidista durante la Violencia, cuando los encendidos discursos urbanos provocaban muertos en el campo, algunos candidatos consideran que la tradición colombiana de "hacerse pasito" todavía tiene vigencia y que es más rentable no descalificar a los rivales. "Los insultos no dejan nada bueno y al final las tesis se imponen por encima de los agravios", asegura el ex alcalde de Medellín Sergio Fajardo.

Aun sin definirse la suerte del referendo y en medio de la incertidumbre sobre la participación o no de Uribe en 2010, a quien liberales y polistas no pierden la oportunidad de criticarlo por autoritario y porque busca perpetuarse en el poder, son pocas las posibilidades de que baje el tono de la campaña. No hay que olvidar que en la última campaña para el Congreso, el Gobierno acusó al entonces senador Pardo de estar aliado con las Farc. Y aunque después el ex ministro Santos, entonces jefe de La U, le ofreció disculpas, la buena relación personal que tenían prácticamente se acabó.

Medina sostiene que mientras el Presidente funja como posible candidato, "el debate se va a calentar de verdad y va a haber mucho ataque personal, incluso entre los uribistas, que unos a otros se acusan de traidores con el propósito de neutralizarse entre sí porque saben que quien ataca a Uribe queda desprestigiado por desleal y por eso se entiende la estrategia común de Arias y Santos contra Noemí".

En cambio, según Medina, hacer campaña negativa contra Uribe será un complejo dilema para sus rivales. Si no la hacen, será prácticamente imposible derrotarlo. Pero si acuden a la campaña negativa correrán el riesgo de que se les devuelva: "El hecho de que haya cumplido su promesa de mano dura contra la guerrilla, sumado a su estilo de trabajar, trabajar y trabajar, lo han blindado", asegura.

El análisis sobre las bondades y peligros de una campaña agresiva se vuelve irrelevante ante la evidencia de que posiblemente es inevitable. Y lo malo, dice De la Calle, es que queda poco espacio para hacer acuerdos sobre temas fundamentales por estar pendientes de asuntos más banales. Una campaña polarizada termina por enterrar la discusión sobre los programas de los candidatos.

(revista cambio)